Maduro detenido: ¿se abre una salida para Venezuela o empieza un problema mayor?
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Hace más de dos décadas, Venezuela ingresó en una espiral de deterioro político, institucional y social que aún hoy no encuentra salida. Tras su fallido intento de golpe deEstado en 1992, Hugo Chávez llegó al poder por la vía electoral en 1998, inaugurando el denominado “socialismo del siglo XXI”. Desde entonces, el país se transformó en un escenario de polarización extrema, concentración del poder y progresiva degradación democrática.
El régimen chavista generó una de las diásporas más grandes del continente: más de siete millones de venezolanos abandonaron el país, según estimaciones de organismos internacionales. A lo largo de estos años, la violación sistemática de los derechos humanos y políticos se volvió una práctica habitual. Opositores encarcelados, inhabilitados o directamente secuestrados y trasladados a centros de detención como El Helicoide marcaron el pulso de un sistema que se autodefinió democrático, pero funcionó con lógica autoritaria. Los casos deHenrique Capriles, Leopoldo López y, más recientemente, María Corina Machado, son apenas algunos ejemplos.

Con la muerte de Chávez, el poder fue heredado por Nicolás Maduro, ex canciller y dirigente sindical, sostenido por un entramado político y de seguridad mucho más complejo que su figura personal. Allí aparece Diosdado Cabello, uno de los hombres más influyentes del régimen, quien ocupó cargos clave desde2003 hasta convertirse en ministro del Interior, Justicia y Paz. Para muchos analistas, Cabello es el verdadero poder estructural del chavismo post-Chávez.
A este núcleo se suman Delcy Rodríguez y su hermano Jorge Rodríguez, conformando un bloque decisivo en la conducción del Estado. En paralelo, el llamado Cartel de los Soles —vinculado a altos funcionarios del régimen— consolidó una red de narcotráfico y crimen organizado transnacional, articulada con organizaciones como el Tren de Aragua y el Cartel de Sinaloa, extendiendo su accionar más allá de las fronteras venezolanas.
Desde hace tiempo,Washington venía advirtiendo a Maduro sobre las consecuencias de su permanencia en el poder, no solo por las denuncias de violaciones a los derechos humanos, sino por la dimensión que había alcanzado el narcoterrorismo bajo la protección estatal. Durante el último año se exploraron salidas diplomáticas, incluida una mediación del presidente turco Erdoğan que proponía un exilio controlado. Las negociaciones se dilataron, se acumularon condiciones y la paciencia se agotó.

En la madrugada del domingo, se ejecutó la Operation Absolute Resolve (traducida aquí como Operación Resolución Absoluta). El operativo culminó con la captura de Nicolás Maduro y su posterior traslado a losEstados Unidos. Maduro fue puesto bajo custodia federal y llevado a NewYork City, donde compareció este lunes ante los tribunales federales. En la cadena de custodia y en el acompañamiento judicial participaron distintas agencias estadounidenses, incluida la DEA, según reportes de prensa.
Ante el juez se leyeron cargos de extrema gravedad: conspiración narcoterrorista, asociación ilícita para el tráfico de cocaína, posesión de armas automáticas y dispositivos destructivos, y acciones hostiles contra los Estados Unidos. La próxima audiencia quedó fijada para el 17 de marzo.
Tras la captura, Delcy Rodríguez asumió el control del Poder Ejecutivo como autoridad interina o de hecho, en un contexto de fuerte incertidumbre institucional. En paralelo, comenzaron a circular versiones sobre contactos preliminares con funcionarios estadounidenses, entre ellos el secretario de Estado MarcoRubio, para evaluar los pasos a seguir. Mientras tanto, organismos internacionales como la ONU y la OEA quedaron atrapados en un laberinto deposiciones encontradas: condenas a la intervención por un lado, silencio incómodo frente a décadas de autoritarismo por el otro.
Las preguntas se acumulan. ¿Buscará Washington un acuerdo pragmático con el nuevo liderazgo de facto o impulsará una transición vigilada? ¿Qué rol jugarán las Fuerzas ArmadasBolivarianas? ¿Habrá un desmantelamiento real del chavismo o una reconfiguración sin Maduro? ¿Pesará más la línea dura o la negociación condicionada dentro del gobierno estadounidense? Y, finalmente, ¿podrá Maduro ser condenado en territorio norteamericano?
Resulta llamativo que buena parte de la comunidad internacional reaccione con rapidez para denunciar una intervención extranjera, invocando soberanía y autodeterminación, pero haya mostrado durante años una notable incapacidad —cuando no hipocresía— para exigir elecciones libres, respeto a la oposición, libertad de prensa y garantías básicas en Venezuela. Se condena la acción, pero se tolera el régimen.
La historia, claramente, no terminó. Apenas pasaron 48 horas y el escenario sigue abierto.Lo que está en juego no es solo el destino de un dirigente, sino el futuro de un país y el precedente que esta acción deja para la región.

Implicancias para Argentina
La captura de Maduro también interpela directamente a la política exterior argentina. El presidente Javier Milei adoptó una posición de alineamiento explícito con los Estados Unidos, celebrando el golpe al chavismo y reforzando su narrativa de ruptura con el “socialismo del siglo XXI”. Esta postura consolida a la Argentina como un socio confiable deWashington en materia de seguridad, cooperación de inteligencia y lucha contra el crimen organizado transnacional.
Sin embargo, el apoyo inmediato y enfático a la intervención militar estadounidense—expresado incluso a través de redes sociales— contrastó con la evolución posterior de la estrategia norteamericana. La administración de Donald Trump pareció inclinarse rápidamente por una salida pragmática: negociar una transición con Delcy Rodríguez, aceptando de hecho un escenario de continuidad del chavismo sin Maduro. Esta diferencia expone una tensión clásica entre el alineamiento discursivo y la realpolitik, que la Argentina deberá administrar con mayor fineza si pretende sostener su vínculo estratégico con Estados Unidos sin quedar atrapada en definiciones apresuradas.
El costo diplomático tampoco es menor. Países clave de la región, en particularBrasil bajo el liderazgo de Lula da Silva, condenaron la operación y denunciaron una violación a la soberanía venezolana.Esta divergencia profundiza la fragmentación política regional y tensiona el vínculo argentino-brasileño, con posibles impactos en el Mercosur y en los espacios de coordinación sudamericana.
Para Milei, el desafío será sostener el alineamiento estratégico con Washington sin quedar atrapado en la defensa irrestricta de una doctrina de intervención que, de generalizarse, podría volverse incómoda incluso para aliados. El encuadre más inteligente —y políticamente más sostenible— es presentar el caso venezolano como excepcional: un colapso institucional atravesado por el narcoterrorismo y el crimen organizado transnacional, y no como un precedente exportable. De ese delicado equilibrio dependerá que la Argentina capitalice la oportunidad política y estratégica sin asumir costos diplomáticos innecesarios en la región.
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